El Papa Francisco en la Colombia Sin Memoria

¿Cómo es posible que ver al papa por 5 segundos entre miles de personas, reúna y movilice a más colombianos, que un acuerdo para poner fin al conflicto armado que le ha costado horror al país por más de 50 años?

Queda claro que Colombia es una sociedad que no ha dejado la premodernidad y que sin haber pasado por la modernidad, pretende ser posmoderna. No lo digo en sentido de la ignorancia del pueblo, no. Entiéndase premodernidad, como el paradigma en que una sociedad tiene a las creencias y la tradición por encima de la razón, y al individuo como objeto más no como sujeto.

Es una paradoja que Francisco I tenga un discurso posmoderno: enfocado en la defensa de derechos humanos, en el respeto por el otro, en la aceptación por lo diferente a la iglesia, en el cuidado del medio ambiente, y que uno de los países más católicos del mundo sea todo lo contrario y no entienda siquiera de humanidad para decir, no más guerra.

Aún cuando Francisco I vino a traer mensajes de paz y esperanza para Colombia, y aún cuando millones de personas salieron a verle para que sus pecados fueran perdonados, que hasta compraron gorra y camiseta con su imagen; Francisco no hizo más que política, política para mitigar la distancia que han tomado muchos feligreses de su iglesia, representada en la disminución de los diezmos.

Pero, aún cuando Francisco I haya venido a hacer política o no, los colombianos deberían acatar sus palabras, pues es él, un innegable comunicador del deber ser del hombre, que cree en un Dios que le hace querer ser más humano. Si no las acatan, mañana prolongarán odios, corrupción, rechazos, violencia y seguirán prefiriendo que se desangre el país antes que ver a los desmovilizados hacer parte de la sociedad.

Espero equivocarme y que por el contrario Colombia haya quedado con aires calmos, deseche la doble moral y entienda que en un acuerdo de paz, el hecho de cesar el fuego bilateral ya es ganancia para el país, pues significa poner a la razón por delante para darle a la vida el valor que merece. Que, ¿¡no queremos impunidad!? Todo acuerdo de paz la tiene, no somos los primeros, más bien somos de los últimos.

Ojalá los colombianos devotos o no, hayan aprehendido siquiera alguna enseñanza del ilustre Francisco I, si no lo hicieron aquí les tengo una fundamental que quiero recordar de su discurso a los jóvenes en la Plaza de Bolívar en Bogotá: “Dejen que el sufrimiento de sus hermanos colombianos les abofetee, les indigne y por tanto les movilice” Como dijo Jaime Garzón, con esta simple frase que nos aprendamos y pongamos en práctica, vamos a cambiar el país.

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La desconfianza se ha robado los votos de los colombianos.

Colombia ha presentado los índices de abstención de voto más altos en los últimos años, aunque históricamente no es nada nuevo por lo que jamás ha habido en realidad participación ciudadana representativa pero, ¿acaso no es esa la principal razón de desigualdad e injusticia del sistema político?

Es esa negligencia la que permitió que la política en el país se convirtiera en la piltrafa que es hoy. Por supuesto, no estoy justificando a la corrupción, ni mucho menos dándole la razón, lo que pasa es que los colombianos con su distancia, dieron vía libre al deshonesto proceder de quienes manejan los recursos públicos a nivel nacional, y es que ‘como no son tres pesos, como nadie reclama, pues alabado sea el billete fácil’.

La abstención electoral en Colombia se debe a que el Gobierno es el ejemplo malo para el pueblo. Observemos que es lo que pasa:

Seamos sinceros, en Colombia la democracia es falaz, el pueblo no tiene ningún tipo de soberanía sobre el gobierno, es el gobierno el que impone sobre el pueblo, por eso la mayor parte de los colombianos no votan. Lo lamentable, es que no lo hacen pensando en deslegitimar a la política para obligarla a una re estructuración, sino pensando en que es algo que no se puede cambiar, y ¿por qué no?, pues porque ellos son los que manejan todo. Otra parte de los colombianos votan en blanco y no lo hacen pensando que aun estando de acuerdo con el sistema, no hay un candidato que verdaderamente los represente, sino pensando en el bendito certificado electoral, que estipulado por la Ley 403 de 1997, da una serie de beneficios que no suenan para nada mal, como descuentos en expedición de pasaportes, libreta militar, reducción de tiempo en prestación de servicio militar, entre otras placenteras compensaciones. En otro lado se encuentran los pocos que si votan por un candidato, aquellos que tienen en sus manos las decisiones más importantes para una sociedad, es allí donde se sesga la voluntad del país y la falaz democracia.

Por todo esto, la desconfianza se ha robado los votos del 60% de los colombianos que no sufragaron ni en elecciones presidenciales del 2014, ni en el Plebiscito por la Paz en el 2016. Ahora, al identificar a la corrupción como la porquería de la que está plagada la política en este país, pues ¿qué más podemos esperar? Mientras más desconfianza tengan los colombianos, cada vez menos se acercaran a las urnas y he aquí un problema mayor; estamos permitiendo que los políticos corruptos suban al poder.

Uno pensaría que un país que ha escrito su historia con las uñas, fuera más participativo, más preocupado por la gestión político administrativa en la sociedad, más crítico, más altanero con el poder, pero no. Aquí en Colombia nos quedamos con la indignación en la garganta, no pasamos del chisme, no nos manifestamos, no reclamamos, no pasamos a la acción, pero una cosa si hay que aclarar y es que no es indiferencia, es que los colombianos están hartos de la politiquería, de la corrupción, de la mermelada, hartos de la política. Lo que está pasando, es que a lo mejor, muchas personas han perdido la esperanza de cambiar este ‘país de mierda’

Entonces, es de total urgencia que en Colombia nos concienticemos de que si queremos un cambio, debemos exigirle en las urnas, dando oportunidad a otros frentes políticos, para no seguir en las manos de los mismos.

El próximo año vienen elecciones de Senado y Cámara en el mes de marzo. Además, tenemos una Consulta Anticorrupción que con nuestro apoyo, nos convocará a las urnas por esos mismos días. Y para mayo, tendremos las elecciones presidenciales. Por favor, no se quede en casa, haga valer su voto y exijamos un gobierno diferente y transparente.

 

El Señor ‘10’

Luego de decepciones, dolores y desdichas que me dejó el inicio de año de 2016, quise alejarme un poco de todo. Necesitaba calmarme y tratar de reencontrarme con ese yo interior que ansía tranquilidad, pues me sentía desenfocado —más de lo normal—así que me fui de la ciudad a donde el viudo abuelo.

Para mi sorpresa, en medio de aquel malestar, descubrí a personas maravillosas. Allá,  lejos de lo que llaman “todo”. Allá donde el sol sale en la montaña y se esconde en la otra. Allá, donde pocos quieren llegar. Allá, donde los ‘berracos’ campesinos. Personas dignas de ser llamadas “De Origen Noble”

Tuve ocasión de compartir con ellos mientras se comprometían con el desarrollo de su comunidad, mediante una asociación que crearon para buscar oportunidad ante el Estado y comercializar mejor su producto, el Cacao.

En mi tarea como suplente de secretaría, hubo personas que se acercaron a pedirme colaboración para llenar formularios que el Departamento para la Prosperidad Social había enviado, con animo de conocer los núcleos familiares y así facilitar fondos para ayudas del gobierno. Con gusto me propuse a la extenuante tarea, con la que di cuenta de algo que me conmovió.

Acabando de llenar uno de aquellos formularios, le pedí al señor Luis Ángel Lugo que lo firmara, me miró sonriente y dijo: –Yo no sé como hacerlo. Le pedí su documento de identidad y en este, con mala caligrafía firmaba: “LuiS AZul” Le pedí entonces que lo hiciera como lo había hecho en su identificación. Volvió a la negación pero tomó el bolígrafo y firmó con un 10, con el número 10. Sin saber qué era lo que había escrito. No puedo negar que me produjo gracia en el momento, así que nos reímos juntos.

Lo serio aquí es que 2 de cada 20 personas en la pequeña comunidad, son analfabetas. Lo cual no es mucho, pero lo es en este caso, si hablamos del 10% de una comunidad de tan sólo 450 habitantes, lo que significa que alrededor de 45 personas no saben leer ni escribir. Éstas entre 30 y 70 años de edad

Le hice la misma pregunta a unas cuantas personas, –¿Tiene tiempo y disposición para reunirnos con el fin de aprender a leer y escribir? Yo estaría encantado de enseñarles. Todos me dijeron que no estaban interesados, aún cuando les aseguré que por lo menos aprenderían a firmar y a sufragar sin acompañamiento. Don Luis, -el señor 10- añadió algo mas. Entonces me dijo las palabras que me conmovieron, éstas que parafraseo a continuación:

–Cuando se crece las prioridades cambian. Todos podemos vivir y morir sin saber leer ni escribir, eso no es importante. Además para que aprender a hacerlo si nosotros somos campesinos, vamos a perder el tiempo, no nos servirá de nada. No se preocupe porque ante todo, el burro siempre a la carga… Y sonriendo se alejó, dejando en mi cabeza una cuestión.

Habría sido gratificante tomar el reto de enseñar, pero ellos están bien sin saberlo, están conformes y de alguna manera, tranquilos, no les hace falta y los admiro por eso.

Por supuesto la experiencia ha sido enriquecedora para mi, como ser humano y para mi carrera como periodista.

Regresé a la ciudad con una percepción de la vida con los pies cada vez más sobre la tierra, mucho más consciente, mucho más crítica. Y con aquella pregunta en el aire de la que sigo buscando argumentos.  ¿Acaso la educación nos hace materialistas e inconformes?